Comienzas a ver Alien y Dios mío, tiene gracia que los astronautas fumen mientras beben café en la sala de estar de Nostromo. Queda claro que la visión que en 1979 se tenía del universo era cuanto menos, diferente a lo que ahora conocemos. Me pregunto desde el minuto tres del filme qué sintió la audiencia cuando vio la película, qué les sorprendió, qué les inquietó. Se me ocurre preguntarle a mi madre, -¿Qué recuerdo?- se sorprende ella - Un bicho espantoso saliendo del tórax de un hombre, que impresión hija. Y esos pasillos, esos corredores claustrofóbicos, parecía que el bicho iba a salir de cualquier esquina". Y resulta que mi ingenua madre no está desencaminada, la mujer sin saberlo, me ha dado la claves del éxito de esta obra. En primer lugar una escenografía muy lograda. La nave Nostromo es inquietante por sí misma, oscura y desconcertante. En ningún momento el espectador se sitúa en qué punto de la nave tiene lugar los hechos. Son todo corredores, salas, pasillos, compuertas que se suceden una tras otra cuidando de guardar espacios donde el Alien pueda esconderse. En segundo lugar la magnífica (y por otro lado improvisada) actuación de los actores consigue transmitir el desconcierto al espectador. También es destacable el tratamiento que el director Scott da al Alien. Nunca se le ve de frente por más de unos segundos, el suspense que genera lo desconocido va aumentando a lo largo de la obra en el espectador consiguiendo así un climax que alcanza su punto álgido al ser descubierto por Weaver en un rincón de la nave auxiliar. Pero si por algo debe ser respetado este filme es por ser capaz de dejar grabado en la retina de los espectadores una única y magistral escena que, aun pasados treinta años, no olvidarán, un Alien saliendo del torax del hombre. Debo reconocer que aún hoy, me hace dar un salto en el sofá.
Ana Pérez
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